La caricatura del instante: Quijote de Salman Rushdie.

Fotografía de Richard Avedon

(Comentario a la novela Quijote de Salman Rushdie, traducción de Javier Calvo, Seix Barral, 2020. Una versión francesa de este texto aparecerá en L’Atelier du Roman, nº 105, París, 2021.)

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Que los humanos siempre hayamos preferido la ficción frente a los hechos explica muchas situaciones de nuestra naturaleza y nuestra historia. Durante estos meses de pandemia son incontables las teorías, relatos, ficciones y paranoias que nos han hecho vivir en una especie de realidad paralela. La última novela de Salman Rushdie, titulada Quijote se publicó en Reino Unido en agosto de 2019, meses antes del gran cambio. Diríamos que es una novela compleja si esa afirmación no fuera en sí una redundancia. Rushdie es un autor que incorpora en su obra tanto la tradición moderna de la novela como sus lejanos orígenes orientales de los contadores de cuentos, es decir, Las mil y una noches Don Quijote

Desde la aparición de Hijos de la medianoche (1981), su obra ha sido clasificada en la tradición del surrealismo y del realismo mágico latinoamericano. En una de sus colecciones de ensayos Rushdie (Immaginary Homelands, 1991) reconoce el vínculo que le une con otros novelistas que han abordado el choque entre el aprendizaje del mundo moderno y las tradiciones mágicas y sagradas de sus genealogías, choque que según sus palabras definiría una conciencia tercermundista en la novela del siglo XX. El brasileño Machado de Assis, el colombiano García Márquez o el judío polaco, finalmente americano, Bashevis Singer. Con ellos, junto a muchos otros, comparte la idea de que un lenguaje único mata la novela y mata, también, el mundo. En otro de sus ensayos lo deja bien claro: «la novela es la forma creada para tratar la fragmentación de la verdad». Por eso la estructura de las novelas de Rushdie es una compleja sucesión de fragmentos, canciones, pecios, oraciones, sueños, apariciones, mutaciones, desdoblamientos y espejos. Y como en Las mil y una noches o en el Decameron, hay un marco encuadra el caos, una Sherezade que no quiere morir, un grupo de jóvenes que huyen de la peste florentina. En el caso de Quijote ese marco es el absurdo y la banalidad del presente. A pesar de su episodio más conocido, la fatwa del régimen de los ayatolás, Rushdie es un escritor que, como esos representantes de una conciencia tercermundista, no excluye la dimensión religiosa o mágica de la existencia, e incluso la propone como necesaria para occidente. Recordemos otra de sus afirmaciones en Immaginary Homelands: «No me parece que mi ateísmo, o mi postateismo, me lleve necesariamente a un conflicto con la fe. De hecho, una razón por la que he desarrollado una forma de ficción en la que lo milagroso puede coexistir con lo mundano es, precisamente, mi convicción de que las nociones de lo sagrado y lo profano deben ser exploradas, tanto como sea posible sin prejuicios, en cualquier honesto retrato literario de lo que somos».

Quijote es una novela que se plantea la posible redención de la existencia, la fantasía de una trascendencia química, tecnológica, científica. Siempre con esa doble condición de Rushdie que consiste en tener los pies sobre la tierra e imaginar personajes que pueden caminar sin tocar nunca el suelo a un centímetro del mismo. Asimismo, Rushdie tiene como referente el mundo roto en dos partes de Pynchon: por un lado, la paranoia de quienes creen en la existencia de un sentido oculto, manipulado, desde creencias religiosas y totalitarias; por otro, la entropía de quienes piensan que la vida no tiene sentido, que todo es caos y, como pensaba Pynchon, libertad democrática. Sin embargo, este mundo en constante cambio empezó a ser incómodo cuando la palabra cambio se convirtió en un slogan comercial, político, artístico, que ya no promete un paraíso, que probablemente puede anunciar un infierno, una metamorfosis es aterradora.

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Kan ma kan / Fi qadim azzaman, así empiezan los cuentos en la tradición oriental de Las mil y una noches, esas eran las primeras palabras de Sherezade cada noche para escapar de la obsesión virginicida del sultán Shahriar. «Tal vez sí o tal vez no, vivían en tiempos remotos…», el equivalente de nuestro «Érase una vez…» pero con explícita incertidumbre: Lo que se cuenta puede ser o no ser imaginado, puede ser o no ser real. Cervantes eligió la ambigüedad, una forma de incertidumbre, en el arranque de su libro: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…» Rushdie, autor de varias obras que reescriben la tradición oriental del Kan ma Kan (Dos años, ocho meses y veintiocho noches, 2015; y los libros de cuentos infantiles y juveniles protagonizados por Rashid Khalifa, contador de cuestos: Haroun y el Mar de las Historias, 1991, y Luka y el Fuego de la Vida, 2010), arranca su Quijote sin incertidumbre pero con multiplicidad: «Vivía una vez, en una serie de direcciones temporales por todos los Estados Unidos de América, un viajante de origen indio, edad avanzada y facultades mentales menguantes […]». Resulta esclarecedor recordar que Nabokov comenzó su curso sobre El Quijote refiriéndose a él como «un cuento de hadas».

Así pues, kan ma kan, tal vez sí o tal vez no, este Quijote de Rushdie, llamado Ismail Smile, es un ejecutivo de ventas, americano de origen hindú, acostumbrado a viajar por todos los EEUU y resignado a dormir en moteles con la única compañía de los programas de los infinitos canales de TV. Sus novelas de caballerías son las series de zombis y vampiros, los concursos, los programas matinales, los talk shows, los late nights, los programas de cotilleos, la publicidad o las redes sociales. Mr. Smile se enamora —un verdadero amour fou— de una joven estrella de la pantalla que presenta un talk show. Esa Dulcinea se llama Salma R. Con la sola mención de ese nombre entramos en el laberinto de espejos en el que nos será difícil identificar autres reales, autores imaginados, personajes reales y personajes imaginados. Juego cervantino donde los haya, que Unamuno convirtió en tragedia moderna pero que en Rushdie asume la condición caótica de la libertad al estilo de Pynchon. Pues bien, tenemos a nuestro Ismail Smile que, una vez identificada su Dulcinea, toma el nombre de Quijote haciendo honor al disco que más le gustaba a su padre: la ópera Don Quichotte de Jules Massenet. Tenemos un personaje (Quijote) y tenemos un espacio (los Estados Unidos). Pero ¿cuándo? Hoy, nuestro tiempo, los Estados Unidos de Trump, esa época a la que el narrador siempre se refiere como «la Era Donde Puede Pasar Todo». Smile / Quijote trabaja como viajante comercial de productos farmacéuticos de una empresa propiedad de su primo, el doctor R. K. Smile, multimillonario gracias a un spray para aplicar fentanilo por vía sublingual (InSmileTM es el nombre del producto): una maravilla contra el dolor y una golosina mortal para cualquier adicto. El fentanilo es cincuenta veces más potente que la heroína. Estamos en la época de la crisis de los opiáceos en EEUU: el 26 de octubre de 2017 el gobierno de Trump declaró la emergencia médica, muy distinta fue su reacción a la COVID-19, debido a la llamada «crisis de los opiáceos», una verdadera epidemia, producida por productos como el OxyContin de Purdue Pharma, un potente fármaco antidolor que no advertía de su potencialidad adictiva, lo que provocó una avalancha de demandas que hizo quebrar más de una empresa farmacéutica. R. K. Smile desarrolló el modelo de negocio a partir de una visita a su Bombay de origen donde en una calle se encontró con un chico que repartía folletos que anunciaban soluciones para los alcohólicos: «“¿Es usted alcohólico? —decía—. Podemos ayudarlo. Llame a este número si quiere que le entreguemos alcohol a domicilio”. “Un modelo de negocio excelente”, pensó”». De acuerdo a ese modelo comercial, en poco tiempo había conseguido distribuir una gran cantidad de sus productos incluso en pequeñas poblaciones: «[…] entre los años 2013 y 2018, PSF [Productos Farmacéuticos Smile, S. A.] había mandado cinco millones anuales de dosis de opioides altamente adictivos a una farmacia de Kermit, Virginia Occidental (400 habitantes)». El exitoso empresario de opiáceos tras detectar la inestabilidad mental de su primo se ve abocado a jubilarlo, cosa que nuestro Quijote no se toma nada mal pues ve, en esa jubilación anticipada, la oportunidad de iniciar su aventura en busca de Salma R. Eso sí, el doctor Smile le pide que antes haga algunos trabajos, algunas entregas clandestinas de su spary sublingual, entregas que están más cerca del narcotráfico que de la medicina. Con una amada ideal, con un sobrenombre caballeresco y con un pretexto comercial, nuestro Quijote monta a bordo de un Chevy Cruze gris métallisé y decide, antes de iniciar su aventura, hacer lo posible para cumplir su deseo de tener un hijo. Para cumplirlo necesita hacer coincidir algunos fenómenos atmosféricos, una lluvia de perseidas y cumplir ciertos rituales con huesos de pollo cerca de la Devils Tower en Moorcroft, Wyoming, famoso emplazamiento cinematográfico de Encuentros en la Tercera FaseAbracadabra, en el asiento de al lado del conductor de su Chevy apareció su hijo, «el chico mágico», al que da el nombre de Sancho, un Sancho que llega al mundo cantando la canción publicitaria de la marca Chevrolet en 1975, una suerte de pastoral americana, de jingle feliz de la identidad norteamericana: «Baseball, hot dogs, apple pie and Chevrolet, they go together in the good ol’ USA». 

Sancho tiene una sólida conciencia de irrealidad. Puede recordar y ver cosas en la mente de su padre Quijote, volver a vivir sus lecturas, sus sueños, sus fantasías, la mitología, la ciencia ficción, los fragmentos de la junk culture de su época, «[…] la Era Donde Puede Pasar Todo, en fin, podía pasar todo. […] Una mujer podía enamorarse de un cochinillo, o un hombre ponerse a vivir con un búho. […] Una nación entera se podía tirar por un precipicio como si fuera una horda de lemmings. Los hombres que interpretaban a presidentes en la tele podían llegar a presidentes de verdad.» La misma época en la que la cultura olvida la historia, «la cultura estaba empezando a ser algo sin memoria, lobotomizado, sin sentido de la historia. El pasado era para los muertos». El capítulo sexto, titulado «Sancho, el hijo imaginario de Quijote, intenta entender su naturaleza», es una poética del personaje novelesco que quiere ser real y a veces se siente más real que el padre que lo ha imaginado: «Y a veces le venía a la cabeza algo más extraño: que de la misma manera que Quijote lo había inventado a él, alguien había inventado a Quijote». Aunque siente la esclavitud de lo imaginado, la lacerante dependencia de la imaginación de los supuestos hechos reales, la imposible independencia de la novela: «[…] cuando yo me alejo de la persona que me creó, cuando me aparto de él, me siento, ¿cómo decirlo?, fuera de cobertura. Es como que la señal desaparece, o amenaza con desaparecer […] Si quiero recuperar toda mi definición, tengo que volver a donde está él […]  Es algo que no me gusta sentir. Estar encadenado a otro ser humano, como un caso de posesión. Y sé cómo se llama eso. Esclavitud». Sancho, hijo de un personaje de ficción, se pregunta, como todo hijo, ¿que es la normalidad? ¿qué es «ser normal»? La normalidad es la TV, la normalidad es hacer zapping, pero por ciertas experiencias desagradables durante su viaje por la América profunda junto a su padre también descubre que hay otro tipo de normalidad «si tu color de piel no es el correcto, y otra si eres culto, y otra si crees que la cultura es un lavado de cerebro, y hay una América que cree en las vacunas y otra que dice que son una estafa, y todo lo que una normalidad cree es mentira para la otra normalidad». En el tiempo donde todo es posible y en el país donde también todo es posible, la realidad se parece a un guiso donde tutto fa brodo «Un mundo de basura, y también de cosas magníficas, y ambas cosas coexisten al mismo nivel de realidad, ambas emiten el mismo aire de autoridad. ¿Cómo se supone que las va a distinguir una persona joven?». Un tiempo en el que la verdad ya no tiene prestigio y depende del canal de TV.

Pronto sabemos que el anterior relato es obra de un tal Sam DuChamp, pseudónimo de un escritor americano, también de origen indio, autor de novelas de espionaje de cierto éxito al que el narrador se referirá con el nombre de «Brother», entre otras cosas porque el tiene una cuenta pendiente con una «Sister» de la que se distanció por alguna disputa familiar. Todos tenemos más de un nombre, en fin, todos somos uno y diversos como el poeta de Lisboa. Dos hombres paralelos, un Quijote y un autor, uno real y el otro ficticio, aunque el real, evidentemente, también es ficticio. Uno, Ismail Smile / Quijote, sufre un trastorno provocado por su sobreexposición a los programas de TV, «los límites entre verdad y mentira se vuelven borrosos e indistintos, de manera que a veces se veía incapaz de distinguir la una de la otra, la realidad de la “realidad”, y empezó a pensar en sí mismo como ciudadano natural (y habitante en potencia) de aquel mundo imaginario del otro lado de la pantalla al que tan devoto era […]». El otro, Sam DuChamp / Brother, trastornado por esa otra forma de ficción o conspiración que es la realidad, tal y como el mantra de 2020 ha confirmado —la realidad puede ser más ficticia que la ficción— y como se sospechaba en la obra de algunos de los grandes novelistas de la segunda mitad del siglo XX, Thomas Pynchon o Don Delillo. Si Quijote enloquece por la ficción de los programas de TV, Brother, enloquece por una realidad dominada por la traición, las identidades inestables y cambiantes, la corrupción democrática, los agentes dobles y triples, la información convertida en propaganda o el patriotismo inútil. Brother, autor de Quijote en la novela de Rushdie, el Cidi Hamete Benenjelí en El Quijote de Cervantes, emprende un viaje hacia el pasado y hacia India, a la Bombay de su origen, recordando una infancia imaginaria en su memoria.

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            Rushdie introduce ciertos homenajes a obras que han tratado el contagio, como la ceguera de Saramago o la rinocerontización en la célebre pieza de Ionesco, episodios que tienen son claves en su deselenlace, a igual que otras fantasías, o realidades, procedentes de los gurús de la tecnología de nuestro tiempo. Ese es el caso del personaje llamado Evel Cent, profeta del fin del mundo humano, trasunto de Elon Musk, y guía de aquellos que quieren acceder a una realidad paralela. También son estructuralmente resaltables algunas reescrituras de reltos de la ciencia ficción americana de los años cincuenta o de algún libro clásico de la espiritualidad sufí.

            Este Quijote de Rushdie, aunque peque de cierta exuberancia marca del autor, combina con acierto la ingeniosidad y la melancolía del libro de Cervantes a la hora de definir el tiempo de lo humano contemporáneo: «Ahora, en cambio, reinaba la discontinuidad. El ayer no significaba nada y no podía ayudarte a construir el mañana. La vida se había convertido en una serie de fotografías efímeras que se posteaban a diario y desparecían al día siguiente. Ya no teníamos relato. El personaje, la narración, la historia, todo estaba muerto». La caricatura del instante que se agota en sí mismo.

En una conversación entre Martin Amis y Salman Rushdie, publicada en plena pandemia (Interview, septiembre de 2020), el primero afirma haber detectado un notable cambio en la manera en que se escriben novelas y, sobre todo, en lo que se debe esperar de un lector de novelas: «Ya no puedes esperar que el lector conjeture, infiera, adivine. Como consecuencia, los escritores han dejado de utilizar significados implícitos, pistas o coqueteos. Ahora tienes que declarar». Declarar en lugar de escribir, como si de un tribunal se tratara. Este Quijote de Rushdie es todo menos una declaración. Una novela llena de conjeturas, pistas y coquetos, o intertextualidades, con la propia doble historia de la novela: la oriental —oral, mágica, antigua— y la occidental —escrita, irrealmente realista, moderna—. El último volumen de la biblioteca que inauguró Edward Said y que enriqueció Juan Goytisolo al hablar de mudejarismo en la manera de concebir la novela Cervantes.

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